Hace unos días Dieguito Brigante y yo dirigimos nuestros pasos hacia Roma.
¿El motivo? El bajo coste de los vuelos, 30 euros ida y vuelta. Así que pensamos en ir sólo para extender nuestro imperio hasta la ciudad más imperial que existe.
En el avión vino una azafata con bandejas de comida y nos sirvió una a cada uno:
- ¡Eh! ¿Qué mierda es esto? – Preguntó Brigante con el ceño fruncido.
- Pollo y ensalada, caballero – Contestó educadamente la esbelta azafata.
- ¿Pollo? Pues será de Chernobyl o en el peor de los casos del Pryca ¡Que deformidad! ¿Y como coño le ponéis a Jotadé una coca cola? ¿Estáis riéndose de él? ¡Fuera de mi vista bitch! – Gritó Diego exaltado de tal forma que una vena la frente parecía que palpitaba con vida propia.
La azafata con lágrimas en los ojos salió despavorida hacia la cabina. De ahí al aterrizaje no hubo más incidente, o yo no los vi pues me quedé dormido en un sueño profundo.
Lo primero que hicimos al llegar a Roma fue visitar su monumento más laureado, el Coliseo Romano. En el coliseo había una cola larguísima así que Diego hizo alarde de su extenso italiano (todo lo que ha aprendido de la saga “El Padrino”) y diciendo cosas sobre la mafia nos abrió paso hasta el primer lugar. Al entrar y observar el coliseo le dije al guía:
- Ey tío, esto no es el coliseo romano. Yo he visto Gladiador y esta mierda derruida no es como en la peli, quiero que me devuelvan mi dinero.
- En Gladiador en Coliseo está retocado con efectos especiales, lo muestra como era antaño – Explicó el guía sin perder la calma.
- Pues menuda mierda, vayámonos de aquí Diego, en Itálica podemos ver lo mismo – Y Diego y yo marchamos de allí.
Después de ese incidente estuvimos dando un rodeo por el centro antiguo de Roma, estaba todo derruido, en 2.000 años no habían cambiado nada parecían las 3.000 viviendas. ¿A que juegan estos romanos? – Pensé.
Diego, esta ciudad es to´vieja vayamonos al Vaticano que es donde está el oro – Diego asintió y nos dirigimos al estado más pequeño del mundo.
El Vaticano estaba separado de Roma por una línea pintada en el suelo, tras hacer el pequeño juego de “Ahora estoy en Roma, ahora en el Vaticano” 30 veces, entramos en la plaza. La plaza era enorme con un montón de columnas y de italianas morenas y macizas, observé el percal con atención a la vez del paisaje.
Entonces le dije a Diego – Me encantaría asomarme desde esa ventana, la misma desde donde se asoma el Papa, pero es algo imposible–
- No es imposible, yo sería capaz de hacerlo – Afirmó Diego.
- Venga valiente pues hazlo – Le dije.
- Paso de hacerlo, además no gano nada, es una estupidez – Comentó paulatinamente.
En ese momento me vi obligado a decirle esa frase que ha todo hombre nos hace sentirnos dolidos y con el deber de callar la boca al que la recita.
- Tú lo que no tienes son cojones -
Diego me miró serio como si le hubiera dicho que conduce muy pegado. Sin mediar palabra se dirigió a la puerta del Vaticano y entró. Me quedé sólo en medio de la plaza observando el personal.
Al pasar unos diez minutos se abrió el ventanal. La gente empezó a exclamar en todo tipo de idiomas mientras dos sombras salían al balcón. Las dos siluetas salieron alzando los brazos al cielo. El Papa Benedicto era uno de ellos y el otro como no, era el más grande. Sonreí al reconocerlo y entonces un turista argentino gritó.
- ¿¡Quién es ese que está al lado de Dieguito Brigante!? -
Diego movía los brazos pidiendo claramente silencio en la plaza. Cuando todo el mundo se mantuvo callado volvió alzar los brazos y gritó:
- ¡¡¡Habemus Zapillo Street!!! -

Italiana que se preocupo por mi estado civil tras la exhibición de Diego